Adelita de la Revolución
¡Ven hermanita! Acércate. Toma un lugar y escucha lo que te voy a contar -o mejor dicho lo que contaba la abuelita- Ella decía que por allá en el año de mil novecientos, o algo así, en una ciudad de Chihuahua, que lleva por nombre el apellido de un gran expresidente de nuestro país, nació una niña como nosotras, pero a ella le llamaron Adela. Era una bebé que nació después de otros dos hermanos y una hermana, o sea, que sus papás ya tenían otros hijos -como cuando naciste tu, nuestros papás ya me tenían a mí- ¡Bueno, eso creo! La bebé que te digo, la querían mucho sus papás y hermanos. Era una familia muy pobre -dice la abuela-, pero aún así, le compraron unas cobijitas y algo de ropita con la tejendera del pueblo, las pagaron con dos gallinas y una docena de huevos.
La familia de Adela vivía en una casita de madera que su papá había
hecho, aunque ya estaba un poco viejita, les gustaba mucho; pero por las noches
el frío se pasaba por unas rendijas entre las tablas de la casa, el piso era de
tierra y algunas veces se metían las hormigas y no dejaban dormir porque
picaban a todos; había muchos árboles alrededor de la casita y otras casas
cerca de ahí. También un río, al que su mamá, -la de Adela ¡recuerdas!- iba a
lavar su ropa. A sus hermanos les gustaba mucho jugar en el campo con sus
amigos del pueblo, pero tenían que ayudar a su papá en las labores y a su mamá
en la casa.
Adela fue creciendo y era muy feliz con su familia, tenía que usar
la ropa de su hermanita ¡la que ya no le quedaba! pero estaba bien, porque se
querían mucho -como tú y yo- Ni ellas ni sus hermanos iban a la escuela, porque
no había una, pero aprendían muchas cosas que les enseñaban sus papás. Ella
empezó a hablar cuando tenía un año y medio y a los dos, ya podía caminar. Ya
quería jugar con sus hermanos, pero aún era muy pequeña y tenía que estar con
su mamá.
Tan pronto como pudo, empezó a ayudar a su mamá. Ya podía asustar a
las gallinas para que se salieran de la casa, recoger los huevitos que habían
dejado en el gallinero y tirarles maíz para que comieran. Después, cuando
creció más, hacía muchas otras cosas, desde ayudar a preparar la comida y lavar
la ropa en el río -creo que muy pronto se olvidó de jugar porque había muchas
cosas que hacer-
Un día, lavando la ropa en el río, su mamá la dejó un momento,
porque vio muchos hombres que pasaban por ahí, algunos venían en caballos,
traían armas y tenían cara de enojados, eran tantos que no dejaban de pasar y
sin darse cuenta, uno de ellos montado en un gran caballo negro, con sombrero
muy grande se acercó a Adela –pero no te asustes hermanita, yo estoy contigo y
así, lo contó la abuela- y sin preguntar nada, la subió al caballo y la llevó
con él. Por más que ella grito, no sirvió de nada. Su mamá se dio cuenta mucho
después, cuando habían pasado ya todos los hombres, no pudo encontrarla.
Después de haber viajado ya muchas horas, Adela dejo de gritar y se
concentró en mantenerse sobre el caballo para no caerse, ya no reconocía el
lugar por donde pasaban, la gente no se parecía a nadie conocido y los hombres
hablaban de cosas que ella no entendía. Se detuvieron al atardecer, el hombre
la bajó del caballo y le dijo que ayudara a las señoras que estaban ahí. Aunque
se sentía muy asustada, se acercó con las mujeres, ellas corrían, iban y venían
con platos llenos de comida para todos los hombres, al pasar la empujaban y
aventaban; una de ellas le acercó un plato, Adela no sabía qué hacer y la mujer
le gritó desesperadamente, que lo llevará hacia los hombres. Con todo y el
miedo, lo hizo e inmediatamente regresó por otro, así pasó la tarde, llevando
platos llenos y regresándolos vacíos. Pasada la tarde Adela tenía ya mucha hambre
pero no se atrevió a comer, pues ninguna de las mujeres lo hacía; por la noche
la misma señora que le había gritado antes, le acercó otro plato con comida y
antes de querer llevarlo, le dijo, -cómelo niña, éste es para ti- Aunque sus manos
temblaban por el esfuerzo que hizo, con una de ellas acercaba la comida a su
boca tan rápido como podía masticar y tragar. No terminaba su comida aún,
cuando los hombres empezaron a montar sus caballos y avanzaron nuevamente.
Antes de partir, aquel hombre mal encarado que se la había llevado,
se acercó y le preguntó su nombre, ella dijo respondió con voz débil y
temblorosa, soy Adela. Después, él le ordenó que se fuera con las mujeres. Pasaron
los días, Adela acompañaba siempre a las mujeres que iban atrás de los hombres y
caballos, como era la más pequeña, todos la llamaban Adelita.
Después de varios años, en el pueblo donde Adelita nació, sus papás
escucharon historias sobre una mujer que viajaba con los hombres de la
revolución y que se había convertido en soldadera –dice la abuela que así les decían a las
mujeres que eran soldados– y que era tan
valiente que a todas las que la acompañaban les llamaban Adelitas.
Fredi Lozada Cordoba-Diciembre 2010
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